El ritual perdido de grabar de la radio

 

Entre risas y miradas cómplices, la música estallaba desde un viejo altavoz, llenando el aire de promesas y libertad. Cada canción era un himno secreto, un latido compartido que nos unía en una adolescencia viva, desbordante y eterna.

Mucho antes de las playlists y el streaming, la música era un ritual de paciencia, caza y artesanía. Un boli BIC se convertía en una herramienta de precisión, y los botones de REC y PLAY contenían toda la tensión de un duelo al sol. Este es un viaje a la banda sonora de nuestra vida, cuando cada canción era un trofeo que había que ganar.

Mi radiocasete era un Phillips. Sencillo, con una sola pletina, pero era el centro de mi universo sonoro. No solo reproducía música, sino que me daba un poder casi mágico: el de atrapar las canciones que flotaban en el aire. La radio ya no era un simple hilo musical de fondo, se había convertido en un océano en el que podía pescar mis propios tesoros.

Pero aquel poder no era un acto solitario. Recuerdo tardes enteras con amigos, reunidos en torno al aparato. Colocábamos un casete virgen en mi Phillips y el original en el de otro. Y entre los dos, un micrófono. La orden era clara: silencio absoluto. Una tos inoportuna era un sacrilegio. Un estornudo, una traición imperdonable. Y si a mi madre se le ocurría gritar «¡Vicen, la merienda!» desde la cocina… la cinta quedaba marcada por el eco de un bocadillo de nocilla fantasma. Hala, boli BIC, rebobinar, y vuelta a empezar.

Con ese espíritu de clan preparábamos nuestras fiestas. Grabar la cinta perfecta era un trabajo de arquitecto, casi de ingeniero de la NASA. La secuencia de canciones era un dogma grabado en piedra: primero las rápidas, luego las lentas, con una ordenación perfectamente estudiada, cual serie de Fourier. Pero nuestro plan perfecto tenía un enemigo mortal: el propio radiocasete. Todos vivimos ese microinfarto colectivo en mitad de una fiesta. La música empezaba a sonar como si el cantante se estuviera ahogando y, de repente, el silencio. La cinta se había salido. O peor, se había enganchado, arrugándose como un acordeón.

—Eh, se ha parado.
—La cinta, la cinta.
—¿Dónde están las pinzas? ¿Y el celo?
—No tires tan fuerte, la vas a romper.
—Ay, que se arruga…
—Jo, macho. Esto es un desastre.
—Venga, que no cunda el pánico, que la fiesta sigue.

Entre todos, como un equipo de cirujanos improvisados, rescatamos la cinta. Y, por supuesto, el ritmo y la alegría volvieron como si nada hubiera pasado.

Pero de todos los rituales, el más íntimo y personal era la caza. La espera paciente contra nuestro archienemigo: el locutor de radio. Recuerdo a Abe trágicamente obsesionado: I Love to Love, de Tina Charles. Necesitaba poseerla. Se pasaba las horas muertas junto al radiocasete, con los dedos en posición de ataque sobre las teclas REC y PLAY. Cuando la canción sonaba, su corazón daba un vuelco.

Y justo cuando la voz de Tina empezaba a sonar, emergía la del locutor, ese villano sin rostro que parecía tener un sexto sentido para fastidiarlo todo. «¡Y seguimos con más éxitos!», decía el tío, tan campante, ajeno a la tragedia que acababa de provocar. «¡Jo, macho. Que te la pique un pollo!» decía dándole un puñetazo a la tecla de STOP. Pero la paciencia, y la cabezonería, eran un músculo que ejercitábamos a diario. Y un día, por fin, lo consiguió. La canción. Entera. Limpia. Victoria por K.O. técnico.

Hoy tenemos toda la música del mundo a un solo clic. Y es maravilloso, claro. Pero a veces echo de menos la emoción de la caza, la alegría de la cinta grabada entre amigos, el orgullo de mirar la lista de canciones escrita a mano. Quizás porque entonces no solo capturábamos una canción.

Capturábamos un instante de nuestra vida. Y, por el camino, nos echábamos unas risas.

Y por eso, a pesar de sus enredos y de alguna fiesta interrumpida, hoy solo puedo darle las gracias. Gracias, viejo radiocasete, por haber sido el motor de nuestras primeras fiestas y el altavoz de la imborrable alegría de nuestra adolescencia.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.